lunes, 1 de diciembre de 2014

Aprendices de Voldemort

                            ÉL
     que no debe ser nombrado, asomado a la ventana,
recuerda orgasmos sin mirar la luna.
Recuerda que no puede recordarlo todo
ni mirar nuestro satélite aunque delante lo tenga.

Recuerda, aunque quiere olvidarlo,
que el cocodrilo de NuncaJamás
lo ronda mordiendo su rastro
y ya no podrá zigzaguear entre piernas,
siempre, de mujeres ajenas,
ni ser el gobernante de la punta de la pirámide
desde la que nos miraba con desprecio.

Recuerda, porque no debe olvidarlo ni muerto,
lo que le debe al montaje de febrero,
su capital turbio desde la pobreza del exilio,
su escupitajo a aquel Presidente de Gobierno
el día de presentarle la dimisión
y la puñalada en la cabeza
aunque le debiera la corona,
el disparo mortal con arma de fuego al legítimo heredero,
el dedazo del Genocidalísimo y su traje
siempre planchado de campechano
que tan buen resultado le dio hasta el día de abdicar.

Recuerda, porque no puede olvidarlo,
un plácido safari (otro cualquiera más)
asesinando elefantes para vergüenza de la humanidad,
que hayan pillado a su hija delinquiendo -no que delinquiese-,
que no haya podido -como su predecesor-
morir investido en la cama
y que ya no vaya a pasar a la historia sin mácula ni báculo
y como prohombre de la Patria,
sino como un borrón borroso y difícil de ver.

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