jueves, 3 de agosto de 2017

Cannas

2 de agosto del 216 a.c. -ya ha llovido- en la bucólica llanura de Cannas, situada en el sur de Italia, se enfrentaron los ejércitos de Roma y sus aliados itálicos, mandados por los cónsules Varrón y Paulo, y los de Cartago y sus tropas íberas, dirigidas por el gran Aníbal Barca.
La batalla pasaría a la historia por ser una clase magistral de táctica a cargo del cartaginés, que ha sido profusamente estudiada y utilizada desde entonces.
Era la tercera derrota severa en 2 años después de las de Trebia y Trasimeno, y le habían costad a Roma, según la Wikipedia, el 20% de la población masculina y el 12% de la población activa.

El fin de una batalla siempre es ocupar el campo enemigo y lograr los objetivos estratégicos. A pesar de la destrucción del ejército romano, Aníbal no logró rendir Roma, ni acordar un nuevo tratado que sustituyera al de la I Guerra Púnica, lo que demostró que la destrucción de la capacidad operativa del enemigo, si no va a acompañado del fin que se persigue, es inútil.

Se habla poco de la bonita cama que le preparó la nobleza cartaginesa a Aníbal en su guerra en la península itálica, escatimándole tropas y recursos durante toda la campaña, y que después de Cannas, tanto necesitaba para sitiar Roma y ganar la guerra, celosa del poder que obtendría su familia con la victoria sobre Roma, y sin medir que no era una simple guerra por un nuevo tratado, si no por la supervivencia de una de las dos potencias.

Lo fundamental al final de esta contienda es la Roma que emerge.
Antes de la guerra contra Cartago, Roma tenía ambiciones sobre Italia y sobre el comercio del Mediterráneo occidental, a su finalización está en la cima del mundo, si descontamos China*

*Roberto Moral dixit.